viernes, 17 de enero de 2014

El giraluna.



 El campo dormía en silencio, arropado por el manto negro de la noche. A lo lejos, había un grupo de girasoles que miraban hacia el cielo, esperando el nuevo día para volver a alzar la cabeza. Esa era la ley, y eso llevaban haciendo toda su efímera vida. Sin embargo, uno de ellos, desvelado y trastornado, elevó sus pétalos a la luz de la luna por primera vez. Sus ojos no podían apartarse de la gran perla que brillaba en el cielo, preguntándose cómo había podido vivir todos estos años sin haber contemplado tal belleza. Y a partir de aquel momento, cada noche, el girasol traicionaba al astros dorado, y miraba hacia la luna, hechizado. Tanto era así que, tras seis noches sin dormir, el diablo se le apareció en sueños, y no dudó un segundo. El girasol le vendió su alma a cambio de convertirse en giraluna. Así pues, sus pétalos se volvieron blancos como el marfil, y esa misma noche, abandonó el campo donde dormían sus compañeros. Él nunca había sido el girasol más alto, ni sus pétalos brillaban más que los demás. De hecho, casi nadie se percataba de su presencia, y se fijaban en los demás, más frondosos y hermosos. Sin embargo, ahora era único, y la luna era sólo para él, pero estaba solo, completamente solo. Él no era consciente, pues en sus pensamientos sólo había lugar para su reina de plata, pero su soledad le estaba matando por dentro y por fuera. Sus pétalos perdían su brillo  y su belleza, y su tallo se doblaba como se pliega un acordeón al emitir la última nota. Mas él, no dejó de mirar al cielo para contemplar la hermosa luna. Estaba hechizado. (No, estaba loco, enamorado.)

viernes, 10 de enero de 2014

Navidad.


La nieve lo cubría todo, desde el tejado más alto hasta el barranco más profundo. Tumbada en el jardín sobre el blanco manto, Lorraine observaba cómo los minúsculos copos de nieve caían a su alrededor. Por un momento, deseó ser simplemente uno de aquellos cristales minúsculos, y poder volar, hasta que su efímera vida terminase al aterrizar sobre los cabellos de algún chico despistado, que hubiera olvidado su paraguas. Casi nunca nevaba en Navidad. Sin embargo, aquel era un año especialmente frío. Lorraine lo sabía mejor que nadie. Aquellas Navidades no tenían ningún sentido para ella. Observaba cómo los adultos llenaban sus hambrientos estómagos con toda clase de comida, e intentaban mantener una felicidad que en realidad había desaparecido. Era tan ridículo. Pero era cierto, ese vacío infernal estaba ahí, adherido a su corazón, y sabía que no se marcharía fácilmente. De hecho, temía que no se llenase nunca. Había pasado un mes desde que ocurrió el accidente. Tres semanas y media, para ser exactos. Tres semanas y media sin Silvia, su querida hermana gemela. Raras veces se separaban. Sin embargo, aquel triste martes, su hermana había salido sin avisar, y nunca más regresó. Días después, encontraron su cuerpo en un bosque cercano, totalmente congelado. Lorraine había dejado de preguntarse el por qué de esa salida, pero en los lugares más recónditos de su mente, la incertidumbre la golpeaba con fuerza. A veces, la imaginaba caminando por la nieve, sonriendo, y tendiéndole una mano que ella jamás podría alcanzar. Otras veces, al cerrar los ojos, la sorprendía el rostro de Silvia, totalmente congelado y pálido, como una muñeca de porcelana a punto de romperse. Lorraine se torturaba, pensando que debía estar muerta ella, y no su hermana. Pero no podía hacer nada. Ya era tarde, y la muerte se había llevado caprichosamente lo que Lorraine más quería.
Le gustaba estar en el jardín, pues hacía tanto frío que impedía derramar una sola lágrima, y no la dejaba pensar. Allí se olvidaba de su tristeza, del vacío que la devoraba por dentro, de que le faltaba una parte de su vida. Allí sólo pensaba en cómo sería la vida si ella fuera un pequeño copo de nieve, danzando lentamente hasta caer en el cabello oscuro de alguna chica que ,tumbada en su pequeño jardín, observara el mundo con sus tristes ojos grises.