Freedom.
miércoles, 20 de agosto de 2014
miércoles, 7 de mayo de 2014
A Blacky, con amor.
¿Que cómo era? Es tan difícil de describir como un color. Quizás porque era única.
Ella podía vivir eternamente dentro de una canción de The Beatles y no cansarse jamás. Le gustaban las estaciones de tren, ver los mirlos volar. Tenía cierta debilidad por las ovejas (ovejas verdes, claro está). Tenía cierta adicción a las fresas con chocolate (¿y quién no?). Ella escribía. Escribía en un cuaderno de tapas rojas. Era su pequeño tesoro. Se fijaba en los pequeños detalles que para el resto del mundo, pasaban desapercibidos. Con su sonrisa siempre por delante, recorría las calles de Madrid. Para algunos, era otra chica más. Otros, se daban la vuelta y, mientras la veían alejarse, se preguntaban: ¿Qué tendrá esa chica? Ella pintaba en sus ratos libres. Pintaba muchas cosas, y todas igual de bonitas. Es curioso, porque yo nunca me he cruzado con esta chica. Muchas veces, me ha parecido ver su rostro entre la gente, y el corazón me ha dado un vuelco, pero instantes después, me doy cuenta de que es imposible que sea ella. (Demasiado lejos). Si alguna vez la veis, por alguna casualidad de la vida, decidle que es la mejor persona del mundo. Y si os pregunta que quién os lo ha dicho, decidle que una vieja amiga que no se olvida de ella (o un panda azul, qué se yo). Lo único que sé es que alguna vez correré a buscarla, y no pararé hasta encontrarla y abrazarla.
María, se llama María.
lunes, 5 de mayo de 2014
Tiempo, tan presente. (Tan inexistente).
Es curioso cómo nuestra vida gira entorno a los minutos, las horas, los días y los años.Todo comienza cuando nacemos, tan vulnerables y pequeños. Desde entonces ya sabemos que cada tres horas tenemos que comer (porque nos lo dice nuestro estómago) y también cuándo es hora de dormir 8pues los párpados se cierran lentamente para avisarnos). Nuestra infancia está plagada de felicidad y juegos, sin preocupaciones ni responsabilidades. Sin embargo, en ese momento, no lo valorábamos a penas. Sólo pensábamos en crecer. Crecer para poder montarnos en todas las atracciones de la feria, para jugar con las piezas más diminutas que nuestras madres nos quitaban, y para poder averiguar por fin el contenido de todos esos botes en cuyas etiquetas decía: "Mantener fuera del alcance de los niños". Además, estaban todas esas preguntas que inundaban nuestra cabeza como pájaros inquietos y encerrados, deseando libertad. "¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué los pájaros vuelan y yo no? ¿Por qué el agua moja y la tierra no? ¿Por qué no puedo tocar el fuego?". Deseábamos ser mayores para obtener todas las respuestas a estas inexplicables cuestiones. Y así es, crecimos. Y llegamos a nuestra primera década. Ésta pasa rápido. ¿Por qué? Quizás porque el tiempo escuchó nuestras plegarias que suplicaban alcanzar la adolescencia. Veíamos el instituto en todas las series y películas, e imaginábamos todas las posibilidades de salir con los amigos, ir al cine. E incluso, hacernos respetar, para que así dejasen de tratarnos como niños. Sin embargo, al llegar la pubertad, nos arrepentimos de haber crecido tan rápido. Tenemos responsabilidades, exámenes, y ni siquiera nos reconocemos de lo mucho que hemos cambiado. Por eso, sólo buscamos libertad. ¿Cómo? Llegando a los 18. Y ahí estamos, en nuestro primer año como mayores de edad. Pero la vida no ha cambiado tanto como esperábamos. Todo se calma un poco, y parece que el equilibrio se restablece. El tiempo pasa con moderación, y cumplimos años sin prisa, pero sin pausa. A los 30, de nuevo, intentamos detener el tiempo. Inútil. Y sólo entonces descubrimos lo valiosa que había sido nuestra vida antes de crecer. Las primeras arrugas, las primeras canas. Nada que el tinte y un poco de maquillaje no puedan arreglar. Sin embargo, al llegar a los 50, comenzamos a preocuparnos, a plantearnos si estamos manejando bien la vida, como una vez nos lo planteamos antes de escoger nuestra vocación. Unos están satisfechos. Otros se dan cuenta de que han desperdiciado su vida, pero ya es tarde para cambiarla. Y ahora envejecemos de verdad, y nuestro rostro se llena de largos surcos, que marcan cada uno de nuestros años de vida. Los ojos pierden el brillo de la vida, el pelo se vuelve de nieve y la vida pesa más que nunca. Y miras hacia el pasado. 80 años vividos. Es imposible recordar nuestra infancia con nitidez. Los recuerdos se van borrando, y nuestro corazón nos dice que ya no puede más. Y aceptamos, porque sabemos que ha llegado la hora de respirar por última vez.Es curioso cómo nuestra vida gira entorno a los minutos, las horas, los días y los años. Como un pequeño reloj de arena. Y jamás nos hemos planteado, ¿y si el tiempo no existiera?
sábado, 26 de abril de 2014
La chica del abrigo rojo.
viernes, 4 de abril de 2014
Compañeros de crimen, asesinos a beso.
Como espíritus silenciosos, se desplazan por la oscuras calles, escondiéndose del sol, huyendo de la luna. De la mano, y con sigilo, se convierten en felinos acechantes cada anochecer. Con un cuchillo entre los dientes, y otro bajo el traje azabache (el más traidor), ella analiza con sus ojos fríos y calculadores cada esquina, cada callejón, en busca de su presa por cada rincón. Él, bajo el amparo de su pistola con silenciador, recorre las calles, disfrutando del olor a sueño y a seguridad, tan efímero y tan falso, que con una sola bala, disipará. Con serenidad caminan sin hablar, contando las estrellas, como las víctimas que planean asesinar, unidos por su amor fatal.
martes, 25 de marzo de 2014
El Guardián de los astros del cielo.
Es extraño, tanto él como su trabajo. Nadie le conoce, aunque todos observan lo que hace. ¿Y de quién hablo? Hablo del Guardián de los astros. Es tan etéreo como el aire, tan frío como el hielo, tan puro como el cristal. Sin él, ni día ni noche existirían, pues es el que pinta el cielo con la luz del Sol, o lo oscurece para dejar brillar a la Luna. Una gran manivela utiliza, pesada y lenta, que hace que los dos reyes del cielo bailen sobre la tierra, sin llegar nunca a tocarse. Los amantes malditos siempre buscan encontrarse, mas el guardián no descansa, y su frenético baile a cámara lenta nunca cesa. Sólo a veces, cuando el Guardián bosteza, y cierra sus ojos, abrumados por la tristeza, la Luna y el Sol consiguen unirse y fundirse el uno con el otro. Los mundanos lo llaman eclipse, pero es un desliz, un pequeño despiste. Parece sencilla la simple tarea que desempeña el misterioso Guardián. Sin embargo, él es odiado por todos, sin apenas darnos cuenta. Todos nos quejamos de lo rápido que se marcha el Sol, y de lo breve que es la noche. Otras veces, los días se nos hacen eternos, y deseamos ver la radiante Luna con impaciencia. El Guardián, sin corazón latiente, se entristece y llora muchas veces. Llora por los trágicos amantes, llora por los humanos, los más ignorantes, que reciben sus lágrimas con mala cara y un paraguas por delante. Muchos siglos han pasado ya desde que el Guardián habita en las estrellas. Incluso podemos verle, si giramos desde Orión hacia la derecha, pasando por la Osa Menos y Casiopea. Pero no vivirá ahí para siempre, pues las estrellas mueren y él, inmortal, tiene que buscar morada en otro lugar. Es solitario y triste el trabajo del Guardián, haciendo que el tiempo gire y la vida humana comience su cuenta atrás. Sin embargo, su sonrisa también aparece a veces, formando siete colores en el cielo, cuando algún niño ingenuo mira hacia el Sol, sin saber que duele, y observa maravillado la Luna, mientras su madre, desesperada, tira de su brazo para que no se distraiga con tonterías. Bendito Guardián, al que los pájaros quieren alcanzar volando cerca del Sol, creyéndose Ícaros triunfantes. Poca gente sabe de su existencia en la lejanía, y poca gente distingue sus ojos añiles mezclados con el azul del cielo.
Es extraño y etéreo. ¿Le has visto? Sí, hablo del Guardián de los astros del cielo.