domingo, 22 de septiembre de 2013

Juguemos al escondite.

Rompiendo el silencio, nuestros ágiles pies recorrían la húmeda hierba. Hugo se reía, divertido, mientras me tiraba del brazo para que corriera más rápido. Al alzar la mirada, nos dimos cuenta de que estábamos delante de una gran casa abandonada. Estaba deteriorada y cubierta por verde hiedra. Desprendía un aura sobrenatural. El pequeño Hugo la observaba con sus vivos ojos marrones, que se movían a gran velocidad, recorriendo todo el edificio. “Vamos a jugar al escondite”. Esa fue la frase que lo inició todo, pronunciada por Hugo. Yo, ingenua, accedí.  Me quedé contando en la puerta, esperando a que Hugo se escondiese. Cuando llegué a veinte, entré por una de las ventanas, que estaba hecha añicos. La oscuridad era casi total, debido a que las ventanas se encontraban tapadas con madera. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral, de principio a fin. Comencé a caminar con paso inseguro. Los muebles, cubiertos con telas polvorientas, formaban figuras fantasmagóricas que helaban la sangre. Llamé a Hugo, con voz temblorosa. No hubo respuesta. Llegué hasta una escalera de caracol que conducía al piso de arriba. Apoyé mi mano en la barandilla. La cabeza comenzó a dolerme y el corazón me latía cada vez más rápido. Un grito desgarrador rompió el silencio. Subí la escalera lo más rápido que pude. Cubierta con un manto blanco, una mujer permanecía de pie en el centro de la habitación. Pero ese manto no era blanco del todo. Una mancha de sangre corrompía su pureza espectral. Esa sangre era del chico al que sostenía en brazos. Hugo. Empecé a respirar con dificultad. Mis manos temblaban sin control. La mujer dejó a Hugo en el suelo. Jamás olvidaré la macabra sonrisa que aquel ser me dedicó antes de arrojarse por la ventana. Corrí hacia Hugo. Sus ojos, ya sin vida, se clavaban en mí como dos afilados cuchillos, haciéndome responsable de su muerte. Me miré la mano, manchada con su sangre. No me quedaba voz para gritar. Abrí los ojos de golpe. Un sudor frío cubría mi espalda y mi frente. Una pesadilla. Alcé mi mano para pulsar el interruptor de la luz, pero me quedé paralizada, observándola. Tenía restos de sangre.

Libertad. (Relato corto).

Jamás había caminado tanto. Quizás porque no solía salir a pasear. Quizás porque nunca había deseado olvidar y cambiar el pasado tanto como en aquel preciso momento. Su vida había comenzado a oscurecerse cada vez más, hasta terminar sumida en la oscuridad total. Necesitaba respirar, alejarse de aquellas tinieblas que la perseguían sin descanso. Sólo quería oír las dulces palabras que el viento le susurraba al oído, revolviendo sus delicados rizos oscuros. Los ojos de la muchacha se confundían con el fondo del océano. Eran hermosos, pero tristes. Hacía mucho que una sonrisa no nacía en su pálido rostro.

Se detuvo al llegar a una carretera, casi aislada del mundo, con vistas a un plateado mar. Desde allí, contempló cómo el sol se sumergía en el agua, derritiéndose poco a poco, hasta desaparecer para darle paso a la luna. Las espumosas olas del mar se estrellaban ruidosamente con el enorme acantilado que había bajo los pies de aquella chica. Envidiaba al mar. ¿Por qué? Porque el mar tenía libertad. Las aguas se mecían serenas, a merced del viento y la marea. Libres. Y eso era lo que ella ansiaba.

Cerró los ojos con fuerza, concentrándose en el sonido del infinito mar. Estaba cansada. Cansada de luchar. Quería rendirse, pues sólo así podría obtener su recompensa. Su libertad. Sus pies dejaron de pisar el suelo. Ahora volaban. Mientras caía, envuelta por el viento, lo supo. Supo que sería libre por fin. Abrió los ojos. Las frías aguas la abrazaban. Mecían a aquella muchacha de ojos tristes, cantándole su particular canción de cuna. Y, al fin, ella se durmió. Era libre. Por fin, libre.

Ojos en la oscuridad.

Abrí de golpe los ojos en la espesa oscuridad. Eran las 4:16 de la mañana. Extrañada, intenté recordar si me había despertado por una pesadilla. Entonces lo escuché. Era un sonido repetitivo, casi imperceptible, que rompía el silencio que reinaba en la casa. Era parecido al que hace una gota al caer. Me asomé a la ventana. La calle estaba totalmente desierta, iluminada únicamente por la tenue luz de una antigua farola, ya medio fundida. No llovía. Debía venir del baño. Sin embargo, no tuve el valor suficiente para recorrer los oscuros pasillos y llegar a cerrar el grifo que me impedía dormir. Volví a tumbarme en la cama, intentando calmarme y dejar la mente en bkanco. Al cabo de unos minutos, el molesto ruido paró. Pensando que todo había sido una mala jugada de mi imaginación, volví a conciliar el sueño, y mi respiración recuperó su ritmo habitual. Sin embargo, ignoraba que aquel maldito grifo había sido cerrado por una mano desconocida, escondida entre las sombras. Los ojos de su propietario me observaban con atención. En ellos, no se distinguía sentimiento alguno. Sólo vacío. Vacío, y una oscuridad más negra y profunda que la que inundaba aquella noche la habitación.

Sueños, sueños y más sueños.

Sueños, sueños, sueños y más sueños. Sueños inalcanzables, sueños nocturnos. Sueños secretos, prohibidos. Sueños posibles, horribles. La vida se basa en un equilibrio entre la realidad y nuestros sueños. Lo que deseamos y lo que ocurre. Todos tenemos sueños. Adultos, niños, ancianos, adolescentes... Incluso los perros sueñan en blanco y negro. Algunos sueños son más asequibles que otros. Los sueños nos causan ilusión. Son un aliciente para vivir la vida con más ganas. Pero los sueños también hacen daño. Nos decepcionan cuando no se cumplen. Hacen que nos ilusionemos hasta tal punto que el choque posterior con la realidad deja heridas graves y cicatrices permanentes. Pero todos tenemos sueños. Grandes, pequeñitos, borrosos, nítidos... Hay sueños abandonados por sus dueños, que se rindieron antes de tiempo. También sueños hechos realidad. Incluso, hay sueños robados, contagiados. El mundo está lleno de sueños. Sueños, que actúan como pompas de jabón, que te aíslan en su mundo interior. Si no pudiéramos soñar, ¿qué sería de nosotros? Si soñar es como volar. Volar sin necesitar alas. Volar tan lejos como uno desee. Volemos pues, aunque la caída sea dolorosa. Soñemos, para poder volar.

La primera lluvia de otoño.

Me desperté una mañana de domingo y miré por la ventana. Lluvia. La primera lluvia de otoño. Sonreí. Tras un verano de los más calurosos, había llegado al fin mi querida lluvia. La había echado de menos. En el frío cristal, las pequeñas gotas competían entre ellas, recorriendo veloces la ventana de un extremo a otro. No hay nada mejor que dormirse escuchando las diminutas gotas de agua aterrizando sobre el tejado y resbalando hasta llegar al suelo. Jamás podría llegar a entender por qué la gente odia la preciosa lluvia. Todos van con cara de fastidio bajo sus enormes paraguas cuando llueve. Mientras el resto del mundo corría a refugiarse debajo de algún edificio, yo salía al jardín, aún en pijama, a bailar y saltar bajo aquella delicada cortina de perlas que acariciaba mi piel, dejándola húmeda, hasta que acababa empapada. Y luego estaba ese agradable y fresco olor a tierra mojada que surgía tras aquella cascada, que inundaba cada rincón del jardín, indicando el final del verano. Ese olor era uno de mis favoritos en todo el mundo. Cuando era pequeña, los días lluviosos siempre intentaba estar lo más contenta posible, para que las nubes me imitasen y dejasen de derramar lágrimas. Ahora, son las nubes las que me regalan gotas de rocío para verme feliz.
¿El destino? Sí, quizás exista. Quizás todos tenemos un determinado futuro, escrito en algún remoto lugar. Quizás no hay casualidad que valga, y todo ocurre con un propósito. Es esperanzador imaginar que, tomemos las decisiones que tomemos, nada va a cambiar ese destino que todos tenemos. Sin embargo, ¿y si es sólo un mito? Quizás nuestro futuro se va formando y moldeando a medida que avanza nuestra vida. Tiene sentido. Quizás la gente prefiere creer en ese destino inamovible, puesto que es más fácil vivir así, sabiendo que la suerte y la felicidad ya están repartidas. Pero no sería justo. Nadie tiene derecho a decidir el futuro por nosotros, de hacer a algunos afortunados y a otros, los más desdichados. Sin embargo, por más que intentemos averiguarlo, jamás lo sabremos. Siempre habrá ocasiones que parezcan casualidad y otras en las que tengamos la certeza de que no es una coincidencia. Corazonadas, amores a primera vista, encontronazos con personas que serán fundamentales en nuestra vida... Todos estamos relacionados. Nuestras vidas se cruzan con muchas otras. A veces, son lazos que duran para mucho tiempo. En ocasiones, para siempre. Pero hay otros que se rompen en el momento más inesperado. ¿Estará todo esto planeado? Quizás sí, quizás no. Yo prefiero pensar en un destino inicial, en el que se van produciendo cambios a lo largo de nuestra vida, según los caminos escogidos, las decisiones tomadas... Sin embargo, hay cosas que no están previstas en nuestro destino. Esos momentos inesperados, que a veces nos cambian la vida, o simplemente, nos hacen sonreír por un día. Esos momentos no pueden pasar desapercibidos. ¿Casualidad o destino? Quién sabe.