lunes, 9 de diciembre de 2013

Un adiós.


La blanca luz me deslumbró. Sólo podía distinguir manchas oscuras, moviéndose en la habitación en la que me encontraba. Comencé a ver con nitidez. La sala era amplia, con paredes blancas y altos techos. Al fondo, un pasillo por el que, de vez en cuando, pasaba alguien vestido con una bata azul. Un hospital. A mi derecha, había una mesita llena de frascos anaranjados repletos de pastillas. Me levanté sin esfuerzo y abandoné la camilla en la que estaba tumbado. De repente, un pitido ensordecedor inundó la sala velozmente. En pocos segundos, un médico llegó a toda prisa, acompañado por una enfermera, a la que gritaba con urgencia. Tras ellos, una pareja de mediana edad corría hacia la camilla que yo acababa de abandonar. Me giré, consternado, sin comprender. Sin embargo, la camilla estaba ocupada. Un chico de pelo oscuro se hallaba tendido en ella, ya sin pulso. La mujer se arrojó hacia el cuerpo del chico, llorando sin consuelo. Pedía ayuda, gritaba, pero sabía que ya era demasiado tarde. Su marido intentaba consolarla, mientras apretaba la mano del muchacho sin vida. Nadie se había percatado de mi presencia, excepto una mujer. Iba vestida completamente de negro. Sus oscuros ojos me miraban fijamente. Me miraba con compasión.

Entonces lo entendí todo. Simplemente, con aquella mirada lo supe todo. La Muerte acababa de mirarme directamente a los ojos. Me llamaba sin voz. Me volví hacia la camilla. Mis padres seguían abrazando mi cuerpo inerte. Pero yo jamás podría devolverles el abrazo. Tras susurrar un adiós, tomé la mano que aquella mujer me tendía. Sabía que no había vuelta atrás. Jamás volvería a vivir. Y de la mano, abandonamos aquel hospital, aquel lugar, aquel mundo, al que yo ya no pertenecía.

No te vayas todavía.

Es aterrador observar cómo el tiempo lo destruye todo a su paso, lentamente. Que cada segundo que pasa está perdido y jamás volverá. Es aterrador pensar que el tiempo también va destruyendo a las personas. Que se marchitan poco a poco, hasta que la muerte termina su trabajo.

Al observar los numerosos surcos de su pálido rostro, no puedo evitar pensar que va a marcharse, y que no puedo hacer nada para evitarlo. Ella, que siempre había sido fuerte, alegre, llena de vida, ahora se ha apagado. En ocasiones, aún puedo distinguir en sus ojos esa brillante chispa de vida que la caracterizaba. Sin embargo, sé que su mirada ya anda perdida, buscando el descanso.

La recuerdo sentada junto a mí, jugando y riendo. Era hermosa. Incluso ahora lo es, a pesar de que su cobrizo cabello se ha teñido de blanco y su sonrisa apenas se deja ver. Parece tan frágil...

Y tengo miedo, pues sé que puede irse para siempre en cualquier momento. Pero nada puede parar al devastador tiempo, que todo lo pudre. Y ella está cansada, lo sé. Cansada de vivir. Mas, no te la lleves aún, cruel muerte. Déjala a mi lado un rato más. No hagas que sus finos párpados caigan para no volver a despertar.

Sé bien que, si ella se va, una parte de mí morirá con ella. Pero sólo me queda esperar y susurrarle mientras duerme: "Abuela, no te vayas todavía."

¿Le siente?


¿En qué piensa? ¿En él? No, ella no. Ella no anhela los cruces de miradas en silencio, en los que las pupilas de él se dilataban hasta límites insospechados. Ella no recuerda esas largas noches, abrazados el uno al otro, puesto que no llegaron a existir. No sueña con dulces palabras susurradas, de los labios de aquel tímido chico, al que ni siquiera mira al pasar. Ella no suspira cada mañana, ni se pregunta qué hará él, y por qué cada vez que escucha su nombre, el corazón comienza a latirle, desbocado, loco. No, ella no siente las mariposas en el estómago. Cuando ve a dos golondrinas volando y jugando la una con la otra, no se acuerda de él, ni tampoco con las primeras lluvia de otoño, o con las gotas de lluvia que resbalan en el cristal, como lágrimas del cielo. Ella no se contagia cuando ve que él le sonríe a lo lejos. Cada vez que va al cine, no echa de menos que esa mano busque la suya, en la oscuridad, para fundirse, y no separarse nunca. No piensa en él al ver el vacío que hay en su cama, ni al tomarse el  café al despertarse, mirando por la ventana con sus fríos ojos azules. No recuerda los rincones que sus dedos jamás han recorrido en el cuerpo desnudo de él, ni tampoco el olor de su piel. No, ella no. ¿Entonces, qué siente? Ella no siente.(No le siente.)

¿Y él? ¿Qué siente él? Él la echa de menos en cada instante. Él le sonríe a lo lejos, con su corazón eufórico por haber encontrado sus helados ojos. La busca en sus pensamientos, para no dejarla escapar nunca. En cada beso que se proyecta en la gran pantalla, necesita probar sus labios con urgencia. Él la espera, anhelando cada una de las cosas que ella no piensa, pero nunca llega.  ¿La piensa? ¿La siente? (¿Se arriesgará algún día a decir que la ama?)