Como espíritus silenciosos, se desplazan por la oscuras calles, escondiéndose del sol, huyendo de la luna. De la mano, y con sigilo, se convierten en felinos acechantes cada anochecer. Con un cuchillo entre los dientes, y otro bajo el traje azabache (el más traidor), ella analiza con sus ojos fríos y calculadores cada esquina, cada callejón, en busca de su presa por cada rincón. Él, bajo el amparo de su pistola con silenciador, recorre las calles, disfrutando del olor a sueño y a seguridad, tan efímero y tan falso, que con una sola bala, disipará. Con serenidad caminan sin hablar, contando las estrellas, como las víctimas que planean asesinar, unidos por su amor fatal.
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