Es curioso cómo nuestra vida gira entorno a los minutos, las horas, los días y los años.Todo comienza cuando nacemos, tan vulnerables y pequeños. Desde entonces ya sabemos que cada tres horas tenemos que comer (porque nos lo dice nuestro estómago) y también cuándo es hora de dormir 8pues los párpados se cierran lentamente para avisarnos). Nuestra infancia está plagada de felicidad y juegos, sin preocupaciones ni responsabilidades. Sin embargo, en ese momento, no lo valorábamos a penas. Sólo pensábamos en crecer. Crecer para poder montarnos en todas las atracciones de la feria, para jugar con las piezas más diminutas que nuestras madres nos quitaban, y para poder averiguar por fin el contenido de todos esos botes en cuyas etiquetas decía: "Mantener fuera del alcance de los niños". Además, estaban todas esas preguntas que inundaban nuestra cabeza como pájaros inquietos y encerrados, deseando libertad. "¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué los pájaros vuelan y yo no? ¿Por qué el agua moja y la tierra no? ¿Por qué no puedo tocar el fuego?". Deseábamos ser mayores para obtener todas las respuestas a estas inexplicables cuestiones. Y así es, crecimos. Y llegamos a nuestra primera década. Ésta pasa rápido. ¿Por qué? Quizás porque el tiempo escuchó nuestras plegarias que suplicaban alcanzar la adolescencia. Veíamos el instituto en todas las series y películas, e imaginábamos todas las posibilidades de salir con los amigos, ir al cine. E incluso, hacernos respetar, para que así dejasen de tratarnos como niños. Sin embargo, al llegar la pubertad, nos arrepentimos de haber crecido tan rápido. Tenemos responsabilidades, exámenes, y ni siquiera nos reconocemos de lo mucho que hemos cambiado. Por eso, sólo buscamos libertad. ¿Cómo? Llegando a los 18. Y ahí estamos, en nuestro primer año como mayores de edad. Pero la vida no ha cambiado tanto como esperábamos. Todo se calma un poco, y parece que el equilibrio se restablece. El tiempo pasa con moderación, y cumplimos años sin prisa, pero sin pausa. A los 30, de nuevo, intentamos detener el tiempo. Inútil. Y sólo entonces descubrimos lo valiosa que había sido nuestra vida antes de crecer. Las primeras arrugas, las primeras canas. Nada que el tinte y un poco de maquillaje no puedan arreglar. Sin embargo, al llegar a los 50, comenzamos a preocuparnos, a plantearnos si estamos manejando bien la vida, como una vez nos lo planteamos antes de escoger nuestra vocación. Unos están satisfechos. Otros se dan cuenta de que han desperdiciado su vida, pero ya es tarde para cambiarla. Y ahora envejecemos de verdad, y nuestro rostro se llena de largos surcos, que marcan cada uno de nuestros años de vida. Los ojos pierden el brillo de la vida, el pelo se vuelve de nieve y la vida pesa más que nunca. Y miras hacia el pasado. 80 años vividos. Es imposible recordar nuestra infancia con nitidez. Los recuerdos se van borrando, y nuestro corazón nos dice que ya no puede más. Y aceptamos, porque sabemos que ha llegado la hora de respirar por última vez.Es curioso cómo nuestra vida gira entorno a los minutos, las horas, los días y los años. Como un pequeño reloj de arena. Y jamás nos hemos planteado, ¿y si el tiempo no existiera?
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