miércoles, 7 de mayo de 2014
A Blacky, con amor.
¿Que cómo era? Es tan difícil de describir como un color. Quizás porque era única.
Ella podía vivir eternamente dentro de una canción de The Beatles y no cansarse jamás. Le gustaban las estaciones de tren, ver los mirlos volar. Tenía cierta debilidad por las ovejas (ovejas verdes, claro está). Tenía cierta adicción a las fresas con chocolate (¿y quién no?). Ella escribía. Escribía en un cuaderno de tapas rojas. Era su pequeño tesoro. Se fijaba en los pequeños detalles que para el resto del mundo, pasaban desapercibidos. Con su sonrisa siempre por delante, recorría las calles de Madrid. Para algunos, era otra chica más. Otros, se daban la vuelta y, mientras la veían alejarse, se preguntaban: ¿Qué tendrá esa chica? Ella pintaba en sus ratos libres. Pintaba muchas cosas, y todas igual de bonitas. Es curioso, porque yo nunca me he cruzado con esta chica. Muchas veces, me ha parecido ver su rostro entre la gente, y el corazón me ha dado un vuelco, pero instantes después, me doy cuenta de que es imposible que sea ella. (Demasiado lejos). Si alguna vez la veis, por alguna casualidad de la vida, decidle que es la mejor persona del mundo. Y si os pregunta que quién os lo ha dicho, decidle que una vieja amiga que no se olvida de ella (o un panda azul, qué se yo). Lo único que sé es que alguna vez correré a buscarla, y no pararé hasta encontrarla y abrazarla.
María, se llama María.
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