miércoles, 20 de agosto de 2014


La luz anaranjada inundaba los pasillos interminables de la gran estación de tren que ya le era tan familiar. Mia bajaba los peldaños de dos en dos, con su pequeña libreta siempre bajo el brazo. Le gustaba llamarla (Libre)ta, pero claro, casi nadie notaba la diferencia. Mia era ese tipo de personas que sólo puedes encontrar a tu lado en un vagón de tren, en una playa desierta a altas horas de la noche, o quizás sentada en el suelo, observando cómo una mariposa levanta el vuelo. Y tras esto, escribía. ¿Qué escribía? Nadie había leído su libreta jamás.
Aquella tarde de otoño, Mia se proponía coger un tren. Un tren con destino desconocido, para simplemente, sentarse al lado de la ventanilla y ver el mundo girar. La estación estaba prácticamente vacía. Era miércoles.
Se sentó en un banco cercano unos minutos, y abrió su cuaderno secreto. Sin embargo, al cabo de cinco segundos y medio, una anciana se sentó a su lado. Ella, cerró la libreta de inmediato, asustada, por si había leído algo. Sin embargo, observó entonces a la mujer que tenía a su lado. Era ciega. Una película blanca cubría unos ojos azules, sumidos en la oscuridad para siempre. Pero ella sonreía.
Quizás fuera un impulso, un acto reflejo, un movimiento involuntario. Quién sabe. Pero Mia no se arrepintió ni un segundo. Le cogió la mano a aquella desconocida de rasgos  amables, y expresión de sorpresa. Instantes más tarde, ambas seguían cogidas de la mano, esperando al tren indicado. Una observaba cómo la gente pasaba. La otra, se deleitaba con la agradable música que generaban los pasos de la gente y el ruido de los trenes. Excelente dúo.
Pasaron dos minutos, cuando entonces, la anciana se levantó. Sin soltarle la mano, Mia la imitó. No hubo palabras entre ellas. Un leve movimiento de cabeza por parte de la anciana, señalando a los trenes, y todo quedó más que acordado. Las dos se dirigieron hacia el tren más cercano, y montaron.
Mia entró la primera, dispuesta a sentarse en la ventanilla, pero en el último momento, le cedió su asiento a la recién conocida anciana. Sabía que no podría observar el paisaje, ni apreciar los colores del atardecer. Considerémoslo un segundo impulso (y no era el último). La anciana sonreía al sentir cómo los rayos del sol acariciaban su curtida piel a través del cristal. Parecía feliz. Mia, aún estando sentada en el pasillo, también lo era.
El tren comenzó a moverse.
De repente, se produjo un cruce de miradas. Un instante. Quizás ni siquiera durase un solo segundo. Pero se encontraron. Los ojos azules de él apartaron la mirada con más rapidez, pero cayeron antes en la trampa de volver a mirar a Mia. Ella, miraba hacia su falda con atención. Pero en su mente, los recuerdos de su infancia brotaban sin descanso. Los juegos frente al jardín de la vecina, el olor a tierra mojada después de haber bailado y corrido bajo la lluvia, las largas tardes que pasaban mirando las nubes para adivinar su forma. Y sí, ese “pasaban” los incluye a ambos. A Peter y a Mia. Los latidos del corazón sonaban tan fuerte que temió que la anciana los oyese. Quizás fue por eso por lo que la mujer le susurró al oído: “Corre a por él”. El tren se detuvo entonces, y aquel niño risueño de ojos azules y pelo oscuro, se disponía a bajarse del tren, convertido ya en un chico alto, con pelo despeinado, y casi irreconocible. Ella, sin saber cómo la anciana ciega lo sabía, ni por qué lo hacía, salió corriendo del vagón, y se perdió entre la multitud, buscando a su recuerdo perdido.
Una pequeña libreta quedó olvidada en el asiento del tren. Pero no olvidada del todo. La anciana, por alguna casualidad, dio con ella antes de bajar. Guardó esa preciada libretita desde entonces. Quién sabe si aún la conserva.

La luz anaranjada inundaba los interminable pasillos de la gran estación de tren. Era miércoles.

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