La blanca luz me deslumbró. Sólo podía distinguir manchas oscuras, moviéndose en la habitación en la que me encontraba. Comencé a ver con nitidez. La sala era amplia, con paredes blancas y altos techos. Al fondo, un pasillo por el que, de vez en cuando, pasaba alguien vestido con una bata azul. Un hospital. A mi derecha, había una mesita llena de frascos anaranjados repletos de pastillas. Me levanté sin esfuerzo y abandoné la camilla en la que estaba tumbado. De repente, un pitido ensordecedor inundó la sala velozmente. En pocos segundos, un médico llegó a toda prisa, acompañado por una enfermera, a la que gritaba con urgencia. Tras ellos, una pareja de mediana edad corría hacia la camilla que yo acababa de abandonar. Me giré, consternado, sin comprender. Sin embargo, la camilla estaba ocupada. Un chico de pelo oscuro se hallaba tendido en ella, ya sin pulso. La mujer se arrojó hacia el cuerpo del chico, llorando sin consuelo. Pedía ayuda, gritaba, pero sabía que ya era demasiado tarde. Su marido intentaba consolarla, mientras apretaba la mano del muchacho sin vida. Nadie se había percatado de mi presencia, excepto una mujer. Iba vestida completamente de negro. Sus oscuros ojos me miraban fijamente. Me miraba con compasión.
Entonces lo entendí todo. Simplemente, con aquella mirada lo supe todo. La Muerte acababa de mirarme directamente a los ojos. Me llamaba sin voz. Me volví hacia la camilla. Mis padres seguían abrazando mi cuerpo inerte. Pero yo jamás podría devolverles el abrazo. Tras susurrar un adiós, tomé la mano que aquella mujer me tendía. Sabía que no había vuelta atrás. Jamás volvería a vivir. Y de la mano, abandonamos aquel hospital, aquel lugar, aquel mundo, al que yo ya no pertenecía.
Entonces lo entendí todo. Simplemente, con aquella mirada lo supe todo. La Muerte acababa de mirarme directamente a los ojos. Me llamaba sin voz. Me volví hacia la camilla. Mis padres seguían abrazando mi cuerpo inerte. Pero yo jamás podría devolverles el abrazo. Tras susurrar un adiós, tomé la mano que aquella mujer me tendía. Sabía que no había vuelta atrás. Jamás volvería a vivir. Y de la mano, abandonamos aquel hospital, aquel lugar, aquel mundo, al que yo ya no pertenecía.
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