domingo, 22 de septiembre de 2013
La primera lluvia de otoño.
Me desperté una mañana de domingo y miré por la ventana. Lluvia. La primera lluvia de otoño. Sonreí. Tras un verano de los más calurosos, había llegado al fin mi querida lluvia. La había echado de menos. En el frío cristal, las pequeñas gotas competían entre ellas, recorriendo veloces la ventana de un extremo a otro. No hay nada mejor que dormirse escuchando las diminutas gotas de agua aterrizando sobre el tejado y resbalando hasta llegar al suelo. Jamás podría llegar a entender por qué la gente odia la preciosa lluvia. Todos van con cara de fastidio bajo sus enormes paraguas cuando llueve. Mientras el resto del mundo corría a refugiarse debajo de algún edificio, yo salía al jardín, aún en pijama, a bailar y saltar bajo aquella delicada cortina de perlas que acariciaba mi piel, dejándola húmeda, hasta que acababa empapada. Y luego estaba ese agradable y fresco olor a tierra mojada que surgía tras aquella cascada, que inundaba cada rincón del jardín, indicando el final del verano. Ese olor era uno de mis favoritos en todo el mundo. Cuando era pequeña, los días lluviosos siempre intentaba estar lo más contenta posible, para que las nubes me imitasen y dejasen de derramar lágrimas. Ahora, son las nubes las que me regalan gotas de rocío para verme feliz.
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