Jamás había caminado tanto. Quizás porque no solía salir a pasear. Quizás porque nunca había deseado olvidar y cambiar el pasado tanto como en aquel preciso momento. Su vida había comenzado a oscurecerse cada vez más, hasta terminar sumida en la oscuridad total. Necesitaba respirar, alejarse de aquellas tinieblas que la perseguían sin descanso. Sólo quería oír las dulces palabras que el viento le susurraba al oído, revolviendo sus delicados rizos oscuros. Los ojos de la muchacha se confundían con el fondo del océano. Eran hermosos, pero tristes. Hacía mucho que una sonrisa no nacía en su pálido rostro.
Se detuvo al llegar a una carretera, casi aislada del mundo, con vistas a un plateado mar. Desde allí, contempló cómo el sol se sumergía en el agua, derritiéndose poco a poco, hasta desaparecer para darle paso a la luna. Las espumosas olas del mar se estrellaban ruidosamente con el enorme acantilado que había bajo los pies de aquella chica. Envidiaba al mar. ¿Por qué? Porque el mar tenía libertad. Las aguas se mecían serenas, a merced del viento y la marea. Libres. Y eso era lo que ella ansiaba.
Cerró los ojos con fuerza, concentrándose en el sonido del infinito mar. Estaba cansada. Cansada de luchar. Quería rendirse, pues sólo así podría obtener su recompensa. Su libertad. Sus pies dejaron de pisar el suelo. Ahora volaban. Mientras caía, envuelta por el viento, lo supo. Supo que sería libre por fin. Abrió los ojos. Las frías aguas la abrazaban. Mecían a aquella muchacha de ojos tristes, cantándole su particular canción de cuna. Y, al fin, ella se durmió. Era libre. Por fin, libre.
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